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Laud

El término procede del árabe "Ud" (madera) y designa a un cordófono de gran tamaño, con caja en forma de almendra, espáda abombada, mango y cuerdas dobles.

Mientras en algunas zonas arraigó un modelo más pequeño y de mástil más corto, en otras se afianzó el laúd más grande con mango estilizado y largo. Este último entró en España y Europa de mano de los árabes. Estaba ricamente adornado y la tapa armónica, que en principio debió ser de piel, se trocó en una fina tabla de madera con varias rosetas labradas a modo de oidos.

Es muy posible, que de la convivencia de los dos tipos de Laúd, saliese un modelo que desembocó en el instrumento conocido y extendido durante el Renacimiento y Barroco.

El tamaño disminuyó, así como el abombamiento de la caja. Se mantuvieron los órdenes dobles excepto en la prima y aumentó el número de cuerdas. El clavijero pronunció más su inclinación, y el mástil se construyó más corto y ancho.

También varió la manera de tañerlo al abandonarse el plectro y comenzar a tocarse con los dedos. Esto le proporcionó unas posibilidades inmensas al poder interpretar en él las varias voces que la polifonía exigía.

Así pues se convertirá en uno de los instrumentos importantes en la música renacentista y barroca, pero la aparición de los instrumentos de tecla acabará, en gran medida, con la hegemonía del Laúd.

En España, el origen árabe del instrumento, así como del vocablo, originaron cierto recelo, por lo que se prefirió utilizar la vihuela, pero tañida al estilo del Laúd. Así no encontramos grandes interpretes de Laúd, pero sí de vihuela adaptando para ésta, características técnicas de ejecución semejantes a áquel.

No deberíamos acabar, sin comentar que durante el Renacimiento, principalmente, se fijaron una serie de relaciones matemáticas que regían las proporciones del Laúd a fin de darle el equilibrio de sonoridad más perfecto, lo que hace de él un instrumento mucho más complejo de lo que pudiésemos imaginar a simple vista.